domingo, 24 de octubre de 2010

Ser un árbol

Sacándose la remera lo notó, esa fue la primera ves que lo vió, cuando sus muñecas apuntaban hacia arriba, durante varios días las venía observando, en un principio creyó que era líneas de tinta, Algunas veces se había visto las palmas de las manos rayadas después de haber estado jugueteando con una lapicera sin capuchón, pero esta vez las líneas eran medio verdes y marrón. Continuaban ahí después de refregarse bien con jabón o alcohol.

Pasando unos días, ya mas alarmado viendo esas líneas mas de cerca, se dio cuenta que estaban debajo de la piel, y peor aún, no eran simples líneas sino que eran sus venas. Con la mano izquierda se agarro la muñeca y estiro la piel hacia atrás para verlas mejor, estaba asustado no entendía que le estaba pasando, pensó en un efecto raro de la luz de la computadora, le dio una sensación de asco, miedo, impresión, había algo en su cuerpo que no era normal, la sensación había sido la misma que siendo chico se había cortado, haciendo ladrillos de barro y pasto puna. Vivió ese mismo momento de estática y endurecimiento de todos los sentidos con los ojos clavados en la lastimadura.

Se refregó la vista y corrió hacia el baño, prendió una lamparita que tenia arriba del espejo, se puso los anteojos y miro con mas detenimiento, esta ves veía el verde mas fuerte, oscuro como un verde color pino, era un liquido espeso que fluía con cierto ritmo. En un segundo se dio cuenta que era el ritmo de sus latidos del corazón.

Como corroborando si esto estaba pasando en todas sus venas se fijo en las de sus talones, en la parte de arriba de las manos y en la otra muñeca, para su tranquilidad seguían iguales, color gris oscuros el color normal de las venas de un ser humano. Cuando volvió la vista a la muñeca había un pequeño punto verde que asomada de una quemadura de cigarrillo que estaba cicatrizando, la quiso sacar pensando que era una cascarita y le causo un dolor intenso y punzante, pegó un grito de dolor y se apretó fuerte el brazo.

Anonadado, sin entender nada todavía, se sentó en la mesa de la cocina y como por inercia se cebo un mate sin dejar de mirarse el brazo, y vio que sus venas parecían que lentamente se iban acercado todas a la lastimadura. Cuando tomo otro mate las venas se empezaron a agitar y el punto verde comenzó a tomar forma, ya no era más un punto sino que era un diminuto brote, una hoja pequeñita brillosa, color verde clarito que se empezaba a abrir. Intento arrancársela de nuevo pero recordó el dolor que le había provocado la primera ves y retiro la mano rápidamente.

Se paro rápido, exaltado y fue hasta la heladera, saco la botella de limonada que tenia y trago un sorbo larguísimo tratando de repetir el efecto que había causado tomar un liquido, sin dejar de mirar como crecía cada ves mas rápido el diminuto brote, empezó a crecer hasta alcanzar una altura de unos tres centímetros. Al borde de la cicatriz su piel se empezó a endurecer, se formaron cayos secos, pequeñas cortezas. De repente noto que el resto de sus venas estaban empezando a tornarse mas espesas y gruesas e iban tomando un color dorado transparente como la sabia del árbol de durazno. En cada uno de sus lunares, los de la espalda las piernas la cara y hasta el del dedo meñique se expandían y endurecían como la cicatriz, rápidamente casi toda la espalda su mano derecha y piernas estaban cubiertas por una capa fina de madera, de corteza, áspera y pegajosa.

Ya entendiendo todo y sabiendo que le quedaba poco tiempo corrió con alegría al patio y se quedo quieto mirando al sol muy cerca del olivo que su padre había plantado. Lo que había deseado tanto tiempo estaba pasando, se estaba transformando en árbol.

Sentir durante muchos años la constante caricia en su cuerpo del viento, beber durante horas el agua de la lluvia, reír por las cosquillas de los pájaros que anidan en sus brazos, leer los libros de la gente que se apoya en su tronco, tener sus raíces bien envueltas en dulce tierra, todo eso y mucho mas estaba por empezar a vivir. Ser un árbol

sábado, 23 de octubre de 2010

Saco de domingo

En un barrio en Normandía vivía un hombre de saco azul, el color del saco era algo relativo, cambiaba todos los días, las siete jornadas de la semana.

Los Lunes tenía el color del mar, profundo e intenso. En esos días podía sentir el viento en la cara, aunque las hojas del tilo de su calle estuvieran en total suspensión. Respiraba profundo y sentía el aroma a sal y arena, así empezaba su semana impulsado por esa brisa fresca y eterna.

Al otro día volvía lo estático, los papeles ya no giraban y bailaban en las escaleras de Plaza España, su saco viraba al rojo y sabia que ese día iba a ser de alertas, arrepentimientos y por sobre todas las cosas placeres, esos eran días de sangre y múltiples pasiones, esos eran los días en los que tenia las peores peleas con su mujer y se unían de nuevo con el mejor sexo, desgarrador. Por la noche su comida era la más sabrosa y al caminar por la peatonal oscura y techada con una cúpula perlada amaba tanto a las estrellas como a Paula, los Martes rebotaba de emoción en emoción.

Un Miércoles caminando por el parque se sentó en un árbol cortado y se convirtió durante segundos, hacia la tarde camino durante horas y se detuvo de nuevo, contemplo el eucaliptus y se abrazo a el como una enredadera, se dio cuenta que ese lugar y ese dia era el mejor para desaparecer, pasaba desapercibido frente a la gente que corría, eran 24 horas de su natural ausencia, su saco los miércoles era verde.

Particularmente los Jueves no sentía tanto como otros días, eran monótonos, como las miradas y los movimientos de la gente que se cruzaba en el camino al trabajo, el mismo colectivo, las mismas quejas, los mismos recuerdos, se ponía melancólico y no sabía si atribuirlo a la lejanía, el tiempo o su saco amarillo ahora. Siempre, y aunque a veces no hubiese un motivo, llamaba a su madre, hablaba del clima, de la facultad, se tomaba un jarro de cascarilla y sonreía mirando historietas viejas o dibujitos animados. el del sol era el color preferido de su infancia.

Los viernes era todo diversión, desquicio, como si existiese para poder olvidar el día anterior, el viernes no era nada constante, todo era distinto a cada rato, el olor de su perfume, el sabor del café y hasta las canciones que escuchaba se cambiaban solas, no había rutina en su trabajo y mucho menos orden en sus pensamientos y emociones, mientras se bañaba, lloraba, después ponía música y cantaba mientras esperaba el agua para el mate, se llenaba de ira cuando el colectivo no pasaba o un auto lo salpicaba entero, sentía que se detenía el tiempo cuando lo abrumaban sus pensamientos, su panza hervía si durante el día llovía. Los viernes su saco era multicolor.

Los sábados eran los mejores, empezaba todas estas mañanas con una sorpresa, el color de su saco. Era el único día de la semana que no se repetía, no había predicción ni rutina, todos los sábados de ese año su saco lucia un color nuevo y a veces hasta alguno que en su vida había visto. Indudablemente era su mejor jornada, por ser la más impredecible.

Finalmente, los domingos, su saco era negro. Ese día moría, su cabeza daba vueltas todo el día en lo mismo, sentía que no podía respirar, que la gente lo miraba con asco, que su expresión era la de la locura, odiaba los domingos.